El imponente tigre de Amur, cuya subespecie siberiana puede alcanzar dimensiones superiores a los tres metros de largo incluida la cola, desarrolló un cuerpo robusto y musculoso especialmente adaptado para soportar las gélidas temperaturas del este de Rusia.
Sin embargo, su fuerza y tamaño no lo han protegido de las amenazas humanas: la pérdida de bosques y la cacería furtiva han mermado su población en décadas recientes.
Su alimentación, basada en ciervos y jabalíes que caza con sigilo, y su papel en la regulación del ecosistema, lo convierten en una prioridad para los biólogos que trabajan en su protección.