
Las primeras linternas de Halloween no eran calabazas, sino nabos y otras raíces. En Irlanda y algunas regiones de Europa, las personas tallaban esos vegetales para crear rostros aterradores.
En su interior colocaban pequeñas velas para iluminar el camino. Según la creencia popular, esas luces servían para ahuyentar a los espíritus malignos.
La costumbre está relacionada con antiguas leyendas irlandesas, como la de Jack el Tacaño. Ese personaje fue condenado a vagar con una luz dentro de un nabo.
Cuando muchos inmigrantes irlandeses llegaron a Norteamérica durante el siglo XIX, llevaron consigo estas tradiciones. Allí descubrieron que las calabazas eran más abundantes, grandes y fáciles de tallar.
Con el tiempo, las calabazas iluminadas se convirtieron en un símbolo característico de Halloween.