
Aunque suele asociarse con el color blanco, la nieve está formada por cristales de hielo transparentes cuya interacción con la luz provoca el tono que perciben nuestros ojos.
Cuando la luz entra en una capa de nieve, rebota y se dispersa en múltiples direcciones entre los cristales y los espacios de aire.
Como esa luz contiene diferentes colores, el resultado combinado es interpretado como blanco.
Cuando el hielo está más compacto, algunas capas profundas pueden mostrar tonalidades azuladas porque ciertos colores son absorbidos con mayor facilidad.