El primer semáforo de la historia se instaló en 1868 en el puente de Westminster, Londres, para organizar el caótico tráfico de carruajes y peatones en la metrópoli más bulliciosa de Europa.
El innovador aparato combinaba brazos móviles que indicaban cuándo detenerse o avanzar durante el día, mientras que al anochecer utilizaba un sistema de iluminación a base de gas para ofrecer señales visibles en la oscuridad.
Apenas un mes después de su instalación, una fuga de gas provocó una fuerte explosión que destruyó por completo el artefacto, evidenciando los peligros de su funcionamiento.